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El agua de los niños PDF Imprimir E-mail

Vigilantes del agua, les decimos.

Los niños y las niñas, frente al agua, son los más vulnerables. Enferman más fácilmente cuando en el agua existen impurezas y microorganismos patógenos, o cuando les falta el agua. Se hallan más indefensos en una inundación. Y, por si fuera poco, les queremos cargar la tarea de enseñarnos a cuidar el agua, a valorarla bien, de ahorrarla, de aprender sobre el ciclo del agua y hacer experimentos. Vigilantes del agua, les decimos. Quizás no estemos tan lejos de los antiguos mexicanos, que ofrecían cada año niños en sacrificio a Tláloc y sus Tlaloques, personificación de los cerros –concebidos ya entonces como fuentes del agua, porque dan forma a las cuencas y cauce a los ríos, así como alojan cuevas que simbolizan manantiales–, para que el agua retornara en sus ciclos anuales. Hasta nos dedicamos en ocasiones a asustarlos con la idea de que “el agua se acaba”, o les decimos francas mentiras como aquélla tan socorrida de que “tres cuartas partes de la Tierra están cubiertas por agua, pero es salada”, o “sólo siete de cada mil litros de agua en el planeta son aptos para beber”… ¿por qué mentiras? Porque, como preguntó un niño hace poco al ver el ciclo del agua, ¿no viene del mar el agua de la lluvia? Y es verdad, diecisiete de cada veinte litros de agua que llueve provienen de la evaporación del agua en los océanos; del resto, casi todo se origina en la evapotranspiración de las plantas que cubren islas y continentes. Poco, muy poco de la lluvia total, se origina a partir de lo que evaporan ríos y lagos, aunque quizás le pese a los defensores desinformados de estos cuerpos de agua, que no son menos importantes para otras funciones en el equilibrio ecológico, pero muy poco abonan a las lluvias.

Así es que quizás deberíamos concentrarnos en buscar con los niños el asombro ante esta máquina enorme de vida, agua, sol, montañas, suelo y rocas, que funcionó por milenios sin nosotros y a la que deberíamos montarnos con cuidado, como cuando, de niños, nos montábamos a un carrusel en marcha, sin romper su movimiento ni caer en el intento.

A los niños les gusta el agua por el agua. Si les pedimos que nos hablen del agua, nos platican de sus vacaciones en la playa o en su balneario favorito, nos inventan juegos con el agua o nos describen la pecera que tienen en casa. Si les insistimos en que sean breves al tomar un baño, buscan mil maneras de prolongar el juego. Ven directamente lo que es el agua y así lo sienten y lo expresan. Con una extrañeza similar a la que muchos experimentamos en la infancia, cuando veíamos en las tarjetas navideñas los paisajes nevados que en la vida diaria nos eran ajenos, los niños de hoy escuchan a sus mayores hablar de tiempos en que se podía nadar en ríos y lagos que hoy son cauces secos o corrientes sucias. Poco a poco, su experiencia del agua se va enturbiando como el agua misma, y encima les reducimos el discurso al precepto de “cuida el agua" y a experimentos sobre las propiedades físicas del líquido. Como si para llegar a valorar y cuidar cualquier cosa en la vida adulta, nos bastara con razonarlo y encontrarle provecho. Si así fuera, comeríamos todos sanamente y haríamos ejercicio diario.

Por eso, tenemos que imaginar mejores formas de decirles que los problemas que ven, que ya no podemos ocultar, ya no nos son indiferentes, que estamos trabajando y pagando el costo de no haber empezado antes. Que estamos reinventando los ríos limpios y restaurando las cuencas. Que nos toca a nosotros, no a ellos, hacer lo que hoy hay que hacer para que ellos lo continúen mañana. Que jueguen con el agua y la aprecien sin una razón precisa, para que mañana no encuentren razones para complicarse en justificar lo que se pueda hacer por conservar el agua y organizarse para hacerlo. Que confíen. Porque el agua es… futuro para todos.

Sitio Web (URL): http://www.correo-gto.com.mx/2005/abril/hoy/007otrasvoces6.html

Autor(es): Ricardo Sandoval Minero

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