En las ciudades, el desperdicio de alimentos es más frecuente de lo que aceptamos...
Uso agrícola del agua y seguridad alimentaria Aunque el ritmo de nuestra vida frecuentemente da por hecho y conocido cosas tan elementales como el de dónde viene lo que comemos, la realidad es que cada vez con mayor frecuencia olvidamos que alguien, en alguna parte y en algún tiempo, dedica su esfuerzo y su trabajo a producir los alimentos que todos consumimos, y que igualmente, no siempre valoramos. La moderna sociedad urbana en gran medida es una derrochadora de todo: energía, alimentos, combustibles, etc., hasta grados incomprensibles para los habitantes rurales. Se limita a consumir sin valorar. En las ciudades, el desperdicio de alimentos es más frecuente de lo que aceptamos: probablemente hasta un 20% de los alimentos adquiridos, se tiran a la basura, sin ningún beneficio adicional. Es la nueva cultura urbana, donde todo tiene sólo valor monetario, y los demás valores (espirituales, rituales, etc.) tienden a minimizarse. Para el habitante urbano, basta simplemente con ir al mercado o más aún al supermercado, para adquirir los productos alimenticios, pagar por ellos y consumirlos. Pocas veces se nos ocurre pensar el origen y el camino por los cuales llegan a nuestras manos y a nuestra mesa. En cambio, la más conservadora y tradicionalista familia rural, seguramente por el esfuerzo y trabajo que implica producir o adquirir los alimentos, les da otro valor, y el desperdicio prácticamente no existe; la vinculación alimento-bienestar es más valorada y persistente. El coloquial término “productos del campo” va perdiendo dimensión, y las nuevas generaciones, alejadas del ambiente donde se cultivan los productos, desconocen el proceso y, lamentablemente, tampoco conoce ya a los animales que participan en nuestra alimentación: leche, carne, huevos. El procesamiento de los alimentos es tal, como precocción, adición de diversos nutrimentos, purificación, refrigeración, envasado y otros, que lo que finalmente llega a nuestra mesa es probable que haya perdido gran parte de sus propiedades originales, y que en lugar de alimentos naturales, estemos consumiendo alimentos artificiales, con gran proporción de “alimento chatarra”. Aunque la apariencia de los productos que se encuentran en el mercado los hace atractivos, su contenido podría ser muy degradado. No obstante los espectaculares avances en aspectos agronómicos para obtener más rendimientos y más volumen de producción, también es una realidad que esos alimentos no están al alcance de todos, y que los niveles de pobreza y de acceso a los alimentos no se han abatido. Simplemente la tecnología de producción y suministro de alimentos, aún siendo un factor importante en el proceso, no ha logrado reducir el hambre ni la pobreza, porque no es suficiente estar a la vanguardia tecnológica. Nuevamente, como en el caso del agua, los excesos de producción en algunas partes del mundo y el severo déficit de alimentos en otras, va más allá de un problema tecnológico; es más bien un problema de gestión. Como una consecuencia inevitable, mientras no se resuelva el acceso a niveles mínimos de alimentación y nutrición a toda la población, siempre existe el riesgo de descontentos sociales que eventualmente pueden conducir a condiciones de desastre y crisis. Por otro lado, la producción de alimentos más abundantes requiere procesos tecnológicos sofisticados, entre los que destaca el control de plagas y enfermedades, que aún en gran escala se hace con agroquímicos altamente contaminantes, poco biodegradables, y frecuentemente nocivos para la salud humana. Esto, aunado al ritmo de vida actual, tiene consecuencias negativas, como el aumento de males y enfermedades antes raras, que tienden a convertirse en problemas de salud pública. Así, no siempre la cantidad de los alimentos conduce a la calidad en la alimentación, lo que también es válido aplicado a la intervención genética de los productos alimenticios, los actualmente llamados transgénicos, de efectos aún inciertos. En cuanto a la producción de alimentos, a excepción de los productos del mar, en su totalidad están sujetos al uso de agua dulce. Las plantas que se cultivan requieren de agua para satisfacer sus requerimientos consuntivos, para crecer, desarrollarse y reproducirse, así como de suelo dónde prosperar y determinadas condiciones ambientales. El agua destinada para estos objetivos, particularmente en tierras de riego, afronta serios problemas, como calidad, cantidad, competencia con otros sectores, eficiencia en su uso, etc., factores que propician una cada vez más estresada agricultura. Si a esto se aúna el factor ambiental como la variabilidad climática, la sequía, el granizo, las heladas, los vientos fuertes, las plagas y otros, resulta que ciertamente la agricultura es una actividad altamente riesgosa, aún teniendo la seguridad del agua. Y a esto se añade la incertidumbre de los mercados. Por esta última razón, no es raro que para determinados productos agrícolas, en ciertas ocasiones sea más económico dejarlos sin cosechar que invertir en su recolección y comercialización. La gestión del agua para la agricultura requiere una visión amplia e imparcial del potencial y limitaciones del sector, así como sensibilidad política y social tales que se alcance el equilibrio y el acuerdo entre las necesidades alimentarias, la capacidad de producción, y los requerimientos de los demás sectores usuarios. La agricultura tiende a ser más eficiente en cuanto al uso de los diversos insumos, y también a ser el sector más afectado cuando existen problemas de agua, es decir, pierde prioridad ante otros usos más eficientes y productivos. Cuando las condiciones de disponibilidad son extremadamente bajas, la agricultura de riego puede incluso desaparecer temporalmente, y los efectos que esto produce en el esquema agropecuario pueden ser catastróficas. De aquí que la gestión del agua en esas condiciones deba ser tal que se garantice un mínimo nivel de sostenibilidad y sustentabilidad y, desde luego, la soberanía alimentaria, base de la estabilidad social de cualquier país y sociedad. Esta responsabilidad no es únicamente de las instancias gubernamentales; el agua, como bien propiedad de la nación y elemento de seguridad nacional, requiere y reclama la participación social comprometida y efectiva, de tal suerte que cada usuario del agua asuma su papel y lo cumpla. Es la única manera de mitigar los potenciales efectos negativos por algún fenómeno natural. La sociedad debe prepararse para estas eventualidades y asumir plena conciencia de los riesgos e implicaciones que ello significa. En el caso de México, dado que no es precisamente una nación altamente industrializada, y que por ende no tiene toda la capacidad de obtener productos agrícolas a cambio de productos industriales, la dependencia de su agricultura es tal si no se cuida este aspecto, la independencia alimentaria se pone en riesgo de ser cada vez más frágil. En este sentido, conservar adecuadamente las fuentes de abastecimiento, mejorar en lo posible la planeación y ejecución de los usos del agua, generar normas operativas que mejoren las existentes para usos agrícolas, y propiciar la participación social en el análisis y toma de decisiones, son aspectos cruciales que permitirán mejorar el uso del agua y su gestión, elevar los volúmenes de producción agrícola en calidad y cantidad, y abrir la disponibilidad de alimentos a más población, disminuyendo así la pobreza, el subdesarrollo y la desigualdad social. Desde luego, un factor no menos importante de este proceso, es la conservación del ambiente, como un usuario más del agua, y ciertamente no el menos importante, por todas las implicaciones y efectos en el entorno global. Aún cuando las mejoras ingenieriles y estructurales pendientes son muchas y muy importantes, lo más importante para alcanzar los niveles de productividad, bienestar, eficiencia, justicia social y equidad en la producción de alimentos que demanda el país, lo más importante es mejorar nuestra percepción y alcance en la gestión del agua, es decir, en las medidas no estructurales. En complemento, al igual que la cantidad de agua es limitada para fines agrícolas, también lo es la tierra: no todos los suelos, por diversas causas, tienen la capacidad de sostener a los cultivos; de hecho, la frontera agrícola tiene unos horizontes los cuales no estamos lejos de alcanzar; ir más allá, a costa de degradar más el ambiente vía quema, deforestación, roturación de nuevas áreas, es, más que un beneficio, un alarmante síntoma de la incapacidad para conducir y resolver adecuadamente un problema, el de la producción de bienes agrícolas de consumo y la alimentación humana. Autor(es): Israel Velasco
|