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La especificidad de las áreas rurales PDF Imprimir E-mail
El proceso de minifundio, el agotamiento de los suelos en su capacidad productiva, la escasez de agua en calidad y cantidad, los altos costos de producción agrícola y pecuaria, y la incertidumbre de los mercados, son elementos determinantes que ocasionan que la población en edad laboral emigre en busca de mejores horizontes.

 

La especificidad de las áreas rurales
 
A pesar de que en México como país, una amplia proporción de su población depende económicamente de la actividad primaria agricultura, la realidad es que en los últimos años, a una tasa acelerada, el medio rural está siendo abandonado: cada vez crece menos, y no solo por el crecimiento natural por el aumento de la población, sino porque la gente está emigrando a las ciudades, sobre todo a las grandes ciudades. En efecto, estas sí están creciendo en proporciones muy altas, y con ello los problemas inherentes a tal fenómeno social: hacinamientos, cinturones de miseria, falta de servicios básicos, desempleo, delincuencia, etc.
 
El campo en México está siendo abandonado, por diversas y variadas causas. Entre estas destaca la falta de oportunidades para las nuevas generaciones en edad productiva, que requieren un trabajo y un ingreso que les permita vivir con un mínimo nivel de decoro. El proceso de minifundio, el agotamiento de los suelos en su capacidad productiva, la escasez de agua en calidad y cantidad, los altos costos de producción agrícola y pecuaria, y la incertidumbre de los mercados, son elementos determinantes que ocasionan que la población en edad laboral emigre en busca de mejores horizontes.
 
La desigualdad al acceso de oportunidades, impuesta por el TLCAN, que definitivamente produce marginación en los productores rurales mexicanos, por el desbalance de subsidios y precios, ha propiciado que el sector rural se polarice: los pequeños productores, antes independientes, abandonan y ceden sus derechos a otros, quienes se vuelven acaparadores de los recursos, especialmente suelo y agua, como una forma de intentar competir con los grandes consorcios extranjeros o internacionales.
 
En gran parte del país, sobre todo en las regiones áridas y semiáridas, un panorama actual frecuente es ver los pequeños poblados dependientes de la agricultura, abandonados y convertidos en pueblos fantasma, donde solo persisten unos pocos viejos, y unos pocos niños, usualmente en condiciones paupérrimas, sobreviviendo  de lo poco que con gran esfuerzo obtienen de la tierra, y más habitualmente de lo que reciben de los que están fuera. Los hombres y mujeres en edad laboral, o están en las grandes ciudades dedicándose a cualquier cosa, o han emigrado ilegalmente al extranjero, exponiéndose a lo peor.
 
Igualmente, los recursos públicos que antes se dedicaban al campo, han ido declinando progresivamente, de tal suerte que el apoyo oficial hoy es mínimo o no existe; la agricultura ya no es negocio, y en muchos casos, ya ni siquiera es suficiente para el autoconsumo.
 
La liberación de precios, la globalización económica, los altos costos de producción y transporte, y la incertidumbre en la producción y el mercado, han repercutido desfavorablemente en este sector, pero no lo han sustituido por otro igual o más rentable.
 
Esta situación es tanto más notoria y acusada en el sector agricultura de temporal, donde la estrecha relación y dependencia de los cultivos por la lluvia, implica una alta vulnerabilidad, que se ve agravada por la amplia variabilidad en el comportamiento del tiempo: retraso e insuficiencia de la lluvia, lluvias torrenciales en cortos periodos de tiempo, extensos lapsos sin lluvias apreciables, etc. Todo esto, aunado a las difíciles condiciones de mercado, por la imposibilidad de competir con los grandes consorcios comerciales y la apertura a las importaciones a menor precio, provoca un acelerado y al parecer irreversible proceso de abandono.
 
Las regiones agrícolas que tienen acceso al riego, aunque en una situación menos desesperada, por el invaluable beneficio que significa disponer de agua, no por ello se escapan del efecto globalizador. Y a esto contribuye además, en cierta medida el hecho de que los ejidos, antes concesiones inalienables, hoy estén sujetos también a algunas condiciones y prácticas de mercado.
 
Adicionalmente, también en este sector se presentan condiciones que dificultan sensiblemente el desarrollo. Los altos costos de créditos, maquinaria, insumos, mano de obra, comercialización y transporte, restringen notablemente el margen de utilidades para los productores, de tal manera que se llega a situaciones donde es más costoso producir que dejar de hacerlo.
 
Ante este panorama, es común que los propietarios o poseedores de los derechos de tierras y aguas, los cedan, vía venta o renta, a usuarios económicamente más poderosos, los que usualmente están asociados a los grandes comercializadores, cuyo volumen de manejo de productos hace que sus costos operativos sean menores, tienen mayor flexibilidad de acción, y además, cuentan con los elementos estructurales y de apoyo para siempre obtener ganancias por la actividad.
 
En esta dirección, un hecho que se vuelve más común es el cambio de uso del agua: de agrícola a industrial y/o doméstico-urbano. Esto obedece cada vez más a que si la cantidad de agua es limitada y existen sectores de uso más prioritarios o eficientes, entonces como una consecuencia lógica, el agua disponible adquiera nuevos usos. En aras de la eficiencia, esto es comprensible, dado que, como es sabido, la eficiencia del uso del agua para fines agrícolas es relativamente baja: 50 a 70% en la conducción, y 40 a 60% en la aplicación, lo cual implica importantes volúmenes que “se pierden”. Al cambiarlos de uso, una fracción de lo que deja de usarse en agricultura es o puede ser suficiente para los usos alternos. De aquí resulta que, por ejemplo, la industria esté creciendo, en términos del uso del agua, a costa de la agricultura, y que los antiguos agricultores se estén convirtiendo en obreros, comerciantes, y otras actividades diversas.
 
En algunos casos, estos cambios han traído una cierta estabilidad, ya que no necesariamente una elevación en el nivel de vida, de las familias rurales, al convertirse en asalariados o empleados de la industria, como la maquiladora, pero por otra también ha significado cambios profundos a la tradicional manera de ser de los pobladores del medio rural.
 
Por otro lado, una constante en el medio rural ha sido que sus habitantes no dispongan de agua potable, sino que la usan directamente de las fuentes de suministro, ya sea un pozo, un manantial, un río, etc. Aunque estrictamente no es agua de mala calidad, tampoco tiene el tratamiento usual para hacerla potable. Esto, aunado al alto nivel de carencia de alcantarillado, es un factor determinante en la presencia de enfermedades cuyo origen es la calidad del agua.
 
Comparativamente, también es usual que la dotación de agua por habitante sea mayor para el residente urbano que para el rural, sobre todo por la infraestructura para proporcionar el servicio, que en el medio rural es más rústica.
 
Para buscar alternativas del agua que satisfagan las necesidades del medio rural, es importante considerar no solo el aspecto económico, la ganancia por el uso del agua, sino también tener presentes los usos y costumbres de los habitantes, y respetarlos. Eso implica luchar contra los nuevos esquemas deshumanizados de explotación del agua y recursos asociados, por los tradicionales, más congruentes con nuestra idiosincrasia y en armonía con el ambiente.
 
También el agua en el medio rural debe ser fuente de ingreso, bienestar y desarrollo, y eso no puede lograrse si a los habitantes de este medio se les trata y cataloga en forma diferente a los urbanos.
 
Por ello, la gestión del agua en este ambiente debe considerar al agua más allá de un simple bien económico; el agua no debe ser una mercancía, sino un recurso asociado ancestralmente a los habitantes rurales y a su modo de vida, que por largo tiempo permitió una íntima comunión de la gente con su ambiente, y que hoy, desafortunadamente, se ha visto profundamente alterado con múltiples efectos negativos.
Autor(es): Israel Velasco

 

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